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Artes visuales
 



Santiago Cárdenas
Artista maestro


Carlos Reyes l Beatriz González l Álvaro Medina l Santiago Cárdenas

Santiago Cárdenas
Este artista Bogotano, de origen payanés, vivió 20 años en los Estados Unidos donde estudió pintura y dibujo en Rhode Island School of Design en Providence, e hizo Maestría en Bellas Artes en la Universidad de Yale. Sus obras, premiadas en salones nacionales e internacionales, abrieron un camino propio y hacen ya parte de nuestro imaginario artístico nacional.

El maestro Cárdenas entró como docente a Bellas Artes de la Universidad de Los Andes en 1968, y en 1970 se vinculó de tiempo completo, como profesor de taller, a la Facultad de Artes de la Universidad Nacional, donde trabajó hasta 1996. Dirigió múltiples proyectos de grado y sigue siendo un maestro-artista.


En enero del 2006, en el contexto de la exposición retrospectiva que le hizo el MAMBO (Museo de Arte Moderno de Bogotá), el Maestro Santiago Cárdenas nos cuenta aspectos de su proceso creador

· Se contempla... se conciben ideas
· Hacer la obra o transformación simbólica
· Reflexión analítica, decisiones, significados que se forjan
· Proyección cultural del trabajo
· Bibliografía



Se contempla … se conciben ideas
"La infancia… en mi casa eran periódicos con los que nosotros jugábamos"

Como los años de 1945 y 46, cuando yo era niño, aquí en Bogotá no había muchos juguetes, era la época de la segunda guerra. Yo recuerdo que todo el mundo era muy pobre, las calles estaban sin pavimentar, nosotros vivíamos donde hoy queda la clínica Marly, en la carrera 9ª. Entre los pocos carros que había mi papá tenía uno. Él salía a trabajar y nosotros nos quedábamos mirando por la ventana. Invariablemente en la esquina se pinchaba y yo tenía que salir a cambiar la llanta, pero cambiar la llanta era ponerle parche y todo. Y luego nosotros, allá chiquitos, mirando a papá arreglar su carro…. en esa época no había llantas, neumáticos o gasolina. Me acuerdo que cuando los carros, los camiones y los buses llegaban a una loma apagaban el motor y rodaban para ahorrar gasolina, esto da la sensación de la fragilidad del medio.

Papá trabajaba en El Tiempo, entonces lo que si había en mi casa eran periódicos con los que nosotros jugábamos. Mi papá era un tipo muy hábil, nos enseñó a recortar con tijeras muñequitos de los periódicos, de esos que son todos amarrados de los brazos y, entre Juan mi hermano y yo hacíamos unas filas enormes con esos muñequitos. Los decorábamos, los coloreábamos, los dibujábamos, les poníamos caras. Generalmente les poníamos uniformes. Como todas las noticias eran de la guerra, entonces cada uno teníamos un ejército. En el corredor de la casa él armaba su ejército de un lado y yo lo armaba del otro, y hacíamos cañones que disparaban cositas de papel de un lado a otro. Nuestro juego preferido era este de los ejércitos. También hacíamos caballos y los pintábamos. Papá no nos guiaba mucho porque él se iba a trabajar, pero una vez que nos enseñó a hacer esto, fue como tener un patrimonio que se podía utilizar muchísimo.

Les cuento una anécdota de niñez que tiene que ver con mi hermano Juan: Cuando vivíamos ahí en Chapinero en la calle 49, había una reja en mi casa y a nosotros nos encantaba meternos por entre la reja y salirnos a la calle. Un día papa resolvió ponerle unos entre-palos para que no nos pudiéramos escapar y la razón que nos dio fue que la calle era muy peligrosa, que había muchos ladrones que se robaban a los niños. Pero un día antes de que enrejara, había llegado mi hermano Juan aterrado a contarnos a todos, que había visto un diablo montando bicicleta en la calle, que se había metido en una alcantarilla y que había desaparecido. ¡La imaginación de mi hermano! Yo me imaginé esa escena y aún la tengo presente. Cada vez que paso por ahí me acuerdo del diablo. (Yo soy mayor pero digo que Juan es más viejo).


En la clase de arte

Cuando yo tenía como 8 años nos fuimos a vivir a Medellín y parece ser que allá eran muy adelantados en materia educativa. En la clase de arte teníamos un cuaderno de dibujo que debía llevarse como el de matemáticas o el de escritura. En ésta clase copiamos un dibujo que la profesora hacía en el tablero. Recuerdo mucho que copié un tipo parado en un trampolín con los brazos extendidos y que me preguntaba: ‘Pero, ¿porqué estará tan tieso el tipo para lanzarse del trampolín? El punto era que había que dibujarlo como lo pintaba la profesora. Se supone que yo era un buen artista en esa época porque hacía muy juiciosamente los dibujos, y creo que una vez me dieron un premio que era unos lápices de colores.


La vocación: yo no soy arquitecto, soy pintor

Viví en Estados Unidos casi 20 años. La verdad, yo no sabía qué era ser artista. Cuando estaba en bachillerato me gustaba mucho dibujar, me gustaba la arquitectura. Tuve buenos profesores de arte en los colegios gringos, me estimularon mucho a mi y a mi hermano. Pero cuando hubo que salir a la universidad, mis papás resolvieron que no era tan buena idea estudiar arte, que tal vez era mejor estudiar algo más práctico como arquitectura. Yo ahora lo pienso así: ¡Tengo dos hijos artistas y me hubiera gustado haberles insistido más en que fueran banqueros!. Entonces, acordé con mi padre estudiar arquitectura a cambio de que pudiera tomar clases de arte y dibujo. Realmente no sabía qué era pintura, a mi eso me parecía dificilísimo. Uno de los estímulos que había en mi casa era ver los cuadros de mi tía Marina Cárdenas de Concha que había estudiado pintura, era muy talentosa. Así, entré a Arquitectura y en el 2º año comencé a tomar una clase de pintura y de dibujo.



Florero, 1958.
Oleo sobre tela.
0.50 x 0.40 cms.

Autorretrato, 1959.
Óleo sobre tela.
1,25 x 0.90 cms.


Modelo con rodilla doblada, (hillary) 1963.
Carboncillo.
0.61 x 0.46 cms.
Óleo sobre tela.
1,25 x 0.90 cms.
Hice un florero pequeñito que tiene un marco todo barroco. Cuando los profesores vieron ese cuadro, que yo no sabía si era bueno o no, me dijeron que yo tenía que estudiar pintura, que tenía que ser pintor. Y yo les dije: “Ah, pero es que eso es Picasso, eso a mi no me gusta!”. Pues ellos me convencieron de que yo estaba equivocado y que debía ensayar. Ensayé a ser artista y me gustó tanto que aquí estoy. Después de un año, cuando volví de la universidad a mi casa, mis papás me dijeron: ‘Bueno, muéstranos qué hiciste en la universidad”. Entonces saqué una cantidad de dibujos de modelos desnudas, les expliqué lo que dibujaba. Les pareció muy bien, pero luego me preguntaron por los planos arquitectónicos, y les dije: “Pues la verdad es que yo no soy arquitecto, soy pintor!”


Mirarse al espejo, observar la obra de otros

Yo creo que los profesores dicen que es bueno hacerse el autorretrato para frustrar al estudiante, lo más difícil que hay es hacer un autorretrato. Si hacerle un retrato a otra persona es difícil, hacérselo a uno mismo es más difícil. Uno se ve al revés en un espejo, nunca hay posibilidad de llegar a hacer un autorretrato veraz. Como en el tercer año de la carrera hice un cuadro que se llama Autorretrato en espejo, lo hice basado en Las Meninas donde Velásquez está mirando al espectador pintando un cuadro, pero el cuadro no se ve y hay un espejo en el fondo. Hay mucha polémica en la historia del arte sobre quiénes están ahí, si los Reyes le están posando a Velásquez …. Yo quise hacer una parodia de eso. Me puse yo como Velásquez, frente a un espejo y ese fue el resultado. ¿Es muy abstracto este cuadro?


Sentirse parte de un tejido cultural

Yo llevaba muchos años en Estados Unidos, si no fuera por mis padres que eran tan sumamente
colombianos, creo que me hubiera convertido en un gringo 100%. En 1964 llegué aquí a vacaciones, estaba todavía en la universidad, vine por un mes y volví del todo en el 65. Me pareció que Colombia era un país maravilloso, con gente tan querida y tan buena. Me suscitó una cosa que yo no había sentido antes, fue como amor a primera vista. Estados Unidos es un país frío, mecánico, rápido, monetizado. Allá cuando sucede un terremoto se preocupan primero por las perdidas monetarias, y luego dicen: ‘Hubo 300 mil muertos’. Así presentan las cifras. Llegar acá fue un cambio, un choque cultural, encontrar a mi familia, cantidades de primos, tíos, tías… Me fui quedando. Me enamoré de Colombia.
   
   

Vestido, 1983.
Carboncillo.
1,51.5 x 1,02.5 cms.


Dibujo de hombre, 1967.
Carboncillo.
1,00 x 0.70 cms.
Tijeras, 1983.
Carboncillo.
0.50 x 0.70 cms.
Encontrarle sentido al mundo alrededor

Aquí en nuestro medio vi muchos de los temas que pintaba como trabajos de grado en la universidad en los Estados Unidos, y algunos quedaron en la obra. Por ejemplo: La mujer en minifalda con gafas oscuras subiéndose y bajándose de los automóviles, los supermercados y una cantidad de cosas muy norteamericanas, muy del ‘progreso’, de la era moderna. Aquí ya estaba metida la sociedad de consumo con algunas diferencias.

Además, sentí que para la gente, especialmente en Bogotá, era importante la manera de vestirse, yo veía que la gente más pobre se vestía con saco, chaleco y corbata. Vi que todo el mundo tenía un gran interés en el vestuario, especialmente me impactaba el vestuario de los hombres. Los obreros que iban a hacer zanjas y que en las obras se ponían un overol encima, usaban corbata, camisa blanca abotonada hasta el cuello y sombrero negro. Todo era muy blanco y negro en Bogotá: blanco, negro y rojo. Uno iba a la Plaza de Toros y se veía blanco, negro y rojo, muchos de rojo. Eso me impactó mucho. Cuando uno iba por San Victorino o por el centro de Bogotá, en todas las tiendas populares colgaban en la puerta ganchos con la ropa que querían vender, ni siquiera en la vitrina. Entonces se me hizo que había que pintar eso.


Evocación

Hay una anécdota que ahora recuerdo, que es una de esas cosas que entra en la producción de la obra: Cuando yo tenía 8 años vivía en Bogotá en la carrera 5ª con calle 24, en un edificio que es ahora de la universidad Tadeo. Papá se había comprado un traje nuevo, lo había puesto encima de la cama y se estaba bañando. Yo vi ese traje que tenía al lado unas tijeras que mamá había dejado y a mí me pareció interesante lo que vi. Puse los pantalones en el piso, me acosté sobre ellos, medí más o menos a donde llegaban mis pies, cogí las tijeras, los corte y me los puse. Cuando mi padre salió del baño y me vio disfrazado con su nueva ropa y los pedazos de pantalones en el piso, se llevó un choque terrible, pero curiosamente no me hizo nada. Después del disgusto inicial se quedó asombrado y me dijo que había cortado muy bien, muy rectamente los pantalones.


El criterio propio y la mirada de los otros

Cuando llegué a vivir a Bogotá, a mi me divertía mucho que me ubicaran en el Pop Art, porque yo no me consideraba para nada artista Pop. Yo no creía que esto fuera bueno. Además los artistas Pop prácticamente no pintaban, usaban mucho la serigrafía, los medios masivos de reproducción, mientras yo sí quería seguir siendo pintor y pintaba mis cosas a mano. Aquí en Colombia sabían quienes eran los artistas Pop, los conocían y les parecían interesantísimos porque se veían como si criticaran a la sociedad de consumo violentamente, cosa que en Estados Unidos no era cierta. Allá los artistas Pop elogiaban la sociedad de consumo, Andy Warhol quería ser de plástico, el decía que lo bueno era la repetición, esa cosa mecanizada. El Pop era un elogio a la sociedad de consumo, a la Coca-Cola en lugar del vino, la hamburguesa en lugar del filet mignon; quería decir decir: Norteamérica tiene su propia identidad a través de estos elementos de la sociedad de consumo y como artistas debemos apoyarla. Por eso cuando llegué me pareció tan extraño encontrar que el Pop también estaba echando raíces en Colombia.


Asociación libre

En 1962…. posiblemente el viaje del hombre a la luna tiene algo que ver con mi trabajo en esa época en que estaba preocupado por los espacios. Hay un dibujo que se llama Aerolito, papel y tijeras, que viene del famoso juego de “piedra, papel y tijera”. Le puse ese nombre porque andamos bajo la amenaza de que cualquier día caiga un aerolito y acabe con la tierra.
   
   

Las tazas, 1977.
Óleo sobre tela.
1,12 x 1,27 cms.
La poesía de lo cotidiano

Cuando llegué a vivir a Bogotá, me di cuenta que la gente en el mundo contemporáneo vive entre cuatro paredes y que esas cuatro paredes tienen que decir mucho de nosotros. Debería haber alguna manera de representar esto artísticamente. Entonces comencé a pintar paredes. Esta idea había comenzado cuando estaba en New Haven, en la Universidad Yale, cuando sin tener un tema para pintar me decía a mí mismo: “Todos los grandes artistas han tenido un gran motivo para pintar, no es solamente técnica lo que el artista tiene que demostrar, tiene que decir algo, yo no tengo nada que decir, soy analfabeta, soy poco poético!”. Entonces llegó un día que, ya desesperado, dije: “Bueno, cuando llegue a mi taller lo primero que vea es lo que voy a pintar y ese va a ser mi tema. Entonces entro y ¿qué veo? La pared! Sigo observando un poco más y veo una cantidad de vasitos de papel de tomar café de los que se compran en maquinitas, todos estaban llenos de pintura o de sobrados de café o con pinceles. O la pared o las tacitas de café. Entonces comencé con las tacitas de café, la pared era un poco difícil de pintar. Fui progresando hasta que entendí cómo se podían pintar las paredes. Y con todo esto, mi concepto de lo poético estaba cambiando, encontré que hay una poesía de lo cotidiano, del artefacto, que hasta ese momento no se tenía muy en cuenta.

Después de esa primera fase, donde el tema eran los objetos cotidianos, las paredes, las cosas que uno se encuentra por ahí, los cordones eléctricos la ropa, caí en cuenta que el verdadero tema de mi pintura era el espacio, la luz, el color, y por ende en el fondo yo, yo mismo era el tema.

Hay que tener en cuenta que en los años 62, 63, 64 el arte Pop estaba surgiendo, cuando las pinturas de vanguardia en el mundo eran abstractas, especialmente en Nueva York (donde mis profesores y yo estábamos tan cerca), las más importantes obras eran las de Jackson Pollock, de De Kooning, de los pintores del movimiento expresionista que miraban hacia adentro, hacia su alma, para expresarse de una manera explosiva, violenta. De Kooning que era en ese momento considerado como uno de los artista norteamericanos más importante de todos lo tiempos, y de verdad fue un hombre muy brillante, decía unas cosas extraordinaria: “El espacio de los científicos a mi no me interesa, allá ellos con su luna y sus planetas, el espacio que yo habito es el espacio que necesito, el espacio que es más o menos el largo de mi brazo hasta donde yo puedo pintar con la brocha”. No estoy citando exactamente, pero más o menos esa era la idea. ¿Qué quería decir esto? que a él lo que le interesaba era su espacio vital como ser humano en la tierra. Entonces yo comprendí que el espacio ilusorio que habían creado los artistas a través de los siglos, de hacerle creer a uno que uno estaba viendo a través de una ventana, un paisaje como en el Renacimiento italiano, era un espacio que ya no tenia cabida en mi obra; yo tenía que dedicarme a ese espacio físico que yo mismo habitaba. Entonces la idea mía fue situarme no sólo a mi mismo sino también al espectador en ese espacio, de modo que el espectador esté viendo un cuadro mío se sienta casi en el puesto de la persona que pintó el cuadro. Y como hacer eso. ¿Cómo hacer ese espacio?

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